“BUENAS, me llamo Jesús, no sé si me reconocerás del comedor”.
Éstas fueron las primeras palabras que notaron sus poros, que notaron su
cuerpo. Pero las palabras no fueron los marineros de ese continente descubierto.
Mis ojos ya se habían fijado en ella antes, aparecida en mapas amarillentos. Por
ello, mis dos trozos de ónice negro, estuvieron buscando el modo de atracar en
su vida, en sus días y en sus sonrisas. Soñaban con ella de noche y de día. No
solo mis ojos, también mis labios. Ellos eran como un niño con el sueño de
viajar a la Luna: querían aterrizar en su paisaje lunar. 45 años desde que la
pisaron. 3 años contigo. Que le den a la Luna, como tú no hay ninguna. Sé que
es un tópico, pero me encanta esa comparación. Lunares, pequitas,… Manchitas
que la definen sin razón, como jugando al escondite, al escondite más
maravilloso. Algunos no le dan importancia, a mí me dan la vida. Son tesoros
escondidos en su rostro, monedas de oro oxidado, que muchos desearían recoger a
besos. Besos eternos. Besos trotamundos que viajan por su cuerpo. Un tren, con
paradas obligadas como su mejilla, sus labios, su cuello y su pelo “guerrero”
por la mañana. Esos labios, que son siameses de todos los nuestros. Pero los
suyos se quedaron con la parte vital, por eso necesitamos juntarlos de nuevo.
Es difícil no bajar la mirada a estos dos hermanos, que mueren por juntarse con
ellos, o con otros. Porque yo los he visto tanto, que me sé sus franjitas de
memoria. Paso el dedo por sus labios, y te digo la persona. Te cuento su
historia. Son rendijas, que encajan unas con otras, como un puzle amoroso. Son
valles, por los que me perdería sin pensarlo. Sin brújula y sin mapa. Esa
forma, es difícil de trazar con lápiz y papel. Por eso le digo que mire para
otro lado, para poder disfrutar de esa belleza perfilada. O quizás seas tú, él
que te quedas mirando sus canicas de cobre, sus perlas de caoba soleada. Muchas
sonrisas en la cabeza, pero ha habido pocas como la primera que me brindó. Ojos
juguetones pero tímidos que buscaban nuestra conexión. Sin embargo, un vistazo
no sirve para nada. Ella es como una vista panorámica, hay mucho más para
disfrutar de lo que cabe en una mirada.
NOCHES de verano. Noches de estrellas. Estrellas, tan
brillantes como ella. Ella, que se niega a reconocerlo, y me dice “Estás tonto”
cuando le digo la verdad, aunque le cueste creerlo. No miento, cuando digo lo
que siento. Lo siento, si la mentira me envenena. Pero no hay mayor cura, que
la vida sincera. Sinceridad, que quiere besar sus oídos escondidos. Oídos, que
verán luz, cuando esa mano privilegiada le recoja el pelo para besarla. Cada
parte de su cuerpo cree en mí, aunque todo parezca perdido. ¿Perdido? Perdido
es como se encuentra uno al verla. Más que verla, admirarla. Ha habido casos,
que hasta se han frotado los ojos, ante la incredulidad de lo que apreciaban
sus bolas de color, cegados ahora de amor. Amor, que tiene cada célula de su
sangre. Sangre blanca, como si los leucocitos se hubieran apoderado de su
cuerpo. Quizás por eso sea tan fuerte de cabeza, tan fuerte de alma. Corazón de
diamante, que se desintegraba como el grafito a cada instante, hace unos años.
Ahora a ver quién tiene huevos a rayárselo otra vez, conmigo delante. Porque
ella dice que presume de amigo, pero no sabe lo mucho que sonrío, al ver en mi
móvil cada mensaje suyo. Y créanme que no huyo, cuando quise decir y no pude.
Tan solo disfruto de sus días soleados, y de sus noches de luces.
MI corazón late rápido al escribir este texto. Mi mente, en
cambio, busca la palabra perfecta. Porque es difícil escribir sereno con tanta
imagen en la cabeza. Tantas experiencias juntos y tan pocas a su lado. Porque
sé que estoy ahí, aunque sea pesado al insistir en que cuesta demasiado ser el
primero en la cola de parados. Una cola inmensa. Una alegría que emociona,
porque eso quiere decir, que nunca estará sola, pase lo que pase. Y no sé por
qué hablo en tercera persona. Lo que daría por hablar en la primera persona del
plural, aunque eso es cosa de dos, no de una en particular. Así que hablaré en
segunda, con el que quiero que te sientas identificada, como si tú y yo
estuviéramos cara a cara. Como si cada palabra de este texto, saliera de mi
boca, aunque más bien sale directamente de mi alma.
NIÑA también fuiste, aunque te describa como diosa. Y dices
que bien diferente eras, cuando mis ojos te percibieron. Un cristal entre tus
ojos y mis ojos. Una sonrisa en la cara, el reflejo inverso de tu corazón. Pero
eres cariñosa como tú sola, tanto antes como ahora, aunque hubiera gente que
quisiera destrozar tu cristal, y no lo consiguieron. La envidia es lo que
tiene, nos come poco a poco. El tiempo, nos enseñará a todos quien tenía el
control. Pero hasta aquí he llegado y no es poca cosa. Cuando supe de tu
existencia, creía que sería un fantasma más en esta vida que siento. Al final
no, las fotos no engañan. Tus “Buenas noches” tampoco. Siempre me costará
creérmelo, aunque me lo repitas 1000 veces. Cada vez que me hablas me late el
corazón. Será por eso que no he caído todavía. Siempre estás tú ahí, soportando
mi peso. Hasta que te canses de mí. Pero ya es hora de poner pie en el suelo, y
andar yo por mi cuenta. Sin miedo, con todo. Es hora de meterme tu experiencia,
a patadas, en mi cabeza. Como sea, como quiera ser, como tenga que ser. Es hora
de secar la almohada, es hora de ponerme delante del destino que me cegaba.
Hora de mirarse al espejo, con ojos cambiados. Ojos que se acostumbrarán
lentamente, al ritmo de una nueva vida. Al brillo de un nuevo Sol. Al olor de
una flor en este campo estéril. Flor que regaste sin descanso. Flor que veo por
la mañana, y que acaricio como si cada pétalo fuera tu mejilla. Tiene tu
nombre. Y daré la vida por ella. Por ti. Por verte sonreír, sin necesidad de
forzar tus labios.
TE veo, aunque poco. En persona digo, ya que en mi retina te
veo todos los días. ¿Cuántas veces habré visto tus fotos? Ya ni me acuerdo de
la cifra. Te veo hasta en dibujos en blanco y negro, te veo hasta en las nubes
de reojo. Escucho tu nombre, y giro la cabeza, aun sabiendo que estás en la
otra parte de la Tierra. ¿Quién sabe? Si te encontré en Badajoz con esa
sonrisa, quizás te encuentre en Marte. A Marte. La de casualidades que tiene la
vida, eh. Como encontrarte a mi vera, en un autobús de mala muerte. En una
experiencia, que te metiste por una amiga. Olimpiada de Geología, en el que
conocí a una piedra preciosa. ¿Qué curioso no? Casualidades, como estar en mi
piscina y quitarte, cuando yo me inscribía en ella. La vida está llena de
casualidades. Y tú fuiste una de las más bonitas. Y lo que es mejor, tú fuiste
el primer flechazo con sentido. No un gusto absurdo, sino más bien un querer
desde la “q” hasta la “r” sin perderme por el camino. Y me encantó como me
enganchaste desde el primer momento, como un trozo de velcro que no quería
despegarse. Pero tocaba desprenderse, para poder crecer y seguir viviendo sin
desesperarse. Para poder darte las buenas noches, sin caer en la tentación de
besarte.
QUIERO acabar, y no puedo parar de escribir. Escribo sin
pensar ya, tan solo por soltar todo lo que no he soltado. Soltar que te quiero,
cerquita o lejos, pero recuérdame siempre como aquél que solo quiso acompañarte
a tu destino. Destino que te espera, si no estás con él ya, que puede ser. Sé
feliz en este mundo infeliz, en este mundo de máscaras e hipocresía. Tanta
hipocresía, que cuesta respirar sin dudar. Dudamos de todo y de todos, aunque
todo se demuestra con el tiempo. El tiempo es oro, y hay tan poco tiempo para
desperdiciarlo. Desperdiciar es no aprovechar lo que tenemos. Tenemos mucho, y
no queremos. Queremos todo, y lo perdemos. Perdemos la vida intentando
conseguir lo imposible, cuando lo posible está besando nuestras manos llenas de
sangre. Sangramos odio, cuando podríamos sangrar amor. Amamos lo que nos odia,
odiamos lo que nos aprecia y tenemos asegurado. Seguro no hay nada, es lo que
tú me has demostrado. Me mostraste que todo puede pasar, mientras que yo, con
mi escudo, te digo que todo ha pasado. Pasas de mi pesimismo, y lo intentas
poner en modo inverso. En verso te agradezco yo lo que has hecho. Hago lo que
puedo por hacerte caso, ya lo sabes. Sé que es difícil de explicar, pero mi
miedo me quema el corazón. Coraza de hielo, que se derrite con tu calor como un
copo de nieve en tus manos. Manos, que quiero llegar a sentir. Asiento tu
crítica de que hoy no es mi día. Digamos, que mi día murió cuando te conocí.
Antes, mi tiempo se medía en años. Ahora los mido en segundos. Los segundos que
te tengo enfrente de mis ojos.
Los Ojos Ultrasensibles Relucen Demasiado Esperando
Sonreírte. Tú fuiste la primera letra de mi abecedario. Un día, la palabra
“amor” se cambiará por Lourdes. Muchos no querrán, porque no creen en el amor a
contracorriente. Dicen que el amor es especial. No se han dado cuenta de que tú
también lo eres. No, miento. Tú lo eres más.

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