domingo, 20 de julio de 2014

Las primeras palabras...

“BUENAS, me llamo Jesús, no sé si me reconocerás del comedor”. Éstas fueron las primeras palabras que notaron sus poros, que notaron su cuerpo. Pero las palabras no fueron los marineros de ese continente descubierto. Mis ojos ya se habían fijado en ella antes, aparecida en mapas amarillentos. Por ello, mis dos trozos de ónice negro, estuvieron buscando el modo de atracar en su vida, en sus días y en sus sonrisas. Soñaban con ella de noche y de día. No solo mis ojos, también mis labios. Ellos eran como un niño con el sueño de viajar a la Luna: querían aterrizar en su paisaje lunar. 45 años desde que la pisaron. 3 años contigo. Que le den a la Luna, como tú no hay ninguna. Sé que es un tópico, pero me encanta esa comparación. Lunares, pequitas,… Manchitas que la definen sin razón, como jugando al escondite, al escondite más maravilloso. Algunos no le dan importancia, a mí me dan la vida. Son tesoros escondidos en su rostro, monedas de oro oxidado, que muchos desearían recoger a besos. Besos eternos. Besos trotamundos que viajan por su cuerpo. Un tren, con paradas obligadas como su mejilla, sus labios, su cuello y su pelo “guerrero” por la mañana. Esos labios, que son siameses de todos los nuestros. Pero los suyos se quedaron con la parte vital, por eso necesitamos juntarlos de nuevo. Es difícil no bajar la mirada a estos dos hermanos, que mueren por juntarse con ellos, o con otros. Porque yo los he visto tanto, que me sé sus franjitas de memoria. Paso el dedo por sus labios, y te digo la persona. Te cuento su historia. Son rendijas, que encajan unas con otras, como un puzle amoroso. Son valles, por los que me perdería sin pensarlo. Sin brújula y sin mapa. Esa forma, es difícil de trazar con lápiz y papel. Por eso le digo que mire para otro lado, para poder disfrutar de esa belleza perfilada. O quizás seas tú, él que te quedas mirando sus canicas de cobre, sus perlas de caoba soleada. Muchas sonrisas en la cabeza, pero ha habido pocas como la primera que me brindó. Ojos juguetones pero tímidos que buscaban nuestra conexión. Sin embargo, un vistazo no sirve para nada. Ella es como una vista panorámica, hay mucho más para disfrutar de lo que cabe en una mirada.

NOCHES de verano. Noches de estrellas. Estrellas, tan brillantes como ella. Ella, que se niega a reconocerlo, y me dice “Estás tonto” cuando le digo la verdad, aunque le cueste creerlo. No miento, cuando digo lo que siento. Lo siento, si la mentira me envenena. Pero no hay mayor cura, que la vida sincera. Sinceridad, que quiere besar sus oídos escondidos. Oídos, que verán luz, cuando esa mano privilegiada le recoja el pelo para besarla. Cada parte de su cuerpo cree en mí, aunque todo parezca perdido. ¿Perdido? Perdido es como se encuentra uno al verla. Más que verla, admirarla. Ha habido casos, que hasta se han frotado los ojos, ante la incredulidad de lo que apreciaban sus bolas de color, cegados ahora de amor. Amor, que tiene cada célula de su sangre. Sangre blanca, como si los leucocitos se hubieran apoderado de su cuerpo. Quizás por eso sea tan fuerte de cabeza, tan fuerte de alma. Corazón de diamante, que se desintegraba como el grafito a cada instante, hace unos años. Ahora a ver quién tiene huevos a rayárselo otra vez, conmigo delante. Porque ella dice que presume de amigo, pero no sabe lo mucho que sonrío, al ver en mi móvil cada mensaje suyo. Y créanme que no huyo, cuando quise decir y no pude. Tan solo disfruto de sus días soleados, y de sus noches de luces.

MI corazón late rápido al escribir este texto. Mi mente, en cambio, busca la palabra perfecta. Porque es difícil escribir sereno con tanta imagen en la cabeza. Tantas experiencias juntos y tan pocas a su lado. Porque sé que estoy ahí, aunque sea pesado al insistir en que cuesta demasiado ser el primero en la cola de parados. Una cola inmensa. Una alegría que emociona, porque eso quiere decir, que nunca estará sola, pase lo que pase. Y no sé por qué hablo en tercera persona. Lo que daría por hablar en la primera persona del plural, aunque eso es cosa de dos, no de una en particular. Así que hablaré en segunda, con el que quiero que te sientas identificada, como si tú y yo estuviéramos cara a cara. Como si cada palabra de este texto, saliera de mi boca, aunque más bien sale directamente de mi alma.

NIÑA también fuiste, aunque te describa como diosa. Y dices que bien diferente eras, cuando mis ojos te percibieron. Un cristal entre tus ojos y mis ojos. Una sonrisa en la cara, el reflejo inverso de tu corazón. Pero eres cariñosa como tú sola, tanto antes como ahora, aunque hubiera gente que quisiera destrozar tu cristal, y no lo consiguieron. La envidia es lo que tiene, nos come poco a poco. El tiempo, nos enseñará a todos quien tenía el control. Pero hasta aquí he llegado y no es poca cosa. Cuando supe de tu existencia, creía que sería un fantasma más en esta vida que siento. Al final no, las fotos no engañan. Tus “Buenas noches” tampoco. Siempre me costará creérmelo, aunque me lo repitas 1000 veces. Cada vez que me hablas me late el corazón. Será por eso que no he caído todavía. Siempre estás tú ahí, soportando mi peso. Hasta que te canses de mí. Pero ya es hora de poner pie en el suelo, y andar yo por mi cuenta. Sin miedo, con todo. Es hora de meterme tu experiencia, a patadas, en mi cabeza. Como sea, como quiera ser, como tenga que ser. Es hora de secar la almohada, es hora de ponerme delante del destino que me cegaba. Hora de mirarse al espejo, con ojos cambiados. Ojos que se acostumbrarán lentamente, al ritmo de una nueva vida. Al brillo de un nuevo Sol. Al olor de una flor en este campo estéril. Flor que regaste sin descanso. Flor que veo por la mañana, y que acaricio como si cada pétalo fuera tu mejilla. Tiene tu nombre. Y daré la vida por ella. Por ti. Por verte sonreír, sin necesidad de forzar tus labios.

TE veo, aunque poco. En persona digo, ya que en mi retina te veo todos los días. ¿Cuántas veces habré visto tus fotos? Ya ni me acuerdo de la cifra. Te veo hasta en dibujos en blanco y negro, te veo hasta en las nubes de reojo. Escucho tu nombre, y giro la cabeza, aun sabiendo que estás en la otra parte de la Tierra. ¿Quién sabe? Si te encontré en Badajoz con esa sonrisa, quizás te encuentre en Marte. A Marte. La de casualidades que tiene la vida, eh. Como encontrarte a mi vera, en un autobús de mala muerte. En una experiencia, que te metiste por una amiga. Olimpiada de Geología, en el que conocí a una piedra preciosa. ¿Qué curioso no? Casualidades, como estar en mi piscina y quitarte, cuando yo me inscribía en ella. La vida está llena de casualidades. Y tú fuiste una de las más bonitas. Y lo que es mejor, tú fuiste el primer flechazo con sentido. No un gusto absurdo, sino más bien un querer desde la “q” hasta la “r” sin perderme por el camino. Y me encantó como me enganchaste desde el primer momento, como un trozo de velcro que no quería despegarse. Pero tocaba desprenderse, para poder crecer y seguir viviendo sin desesperarse. Para poder darte las buenas noches, sin caer en la tentación de besarte.

QUIERO acabar, y no puedo parar de escribir. Escribo sin pensar ya, tan solo por soltar todo lo que no he soltado. Soltar que te quiero, cerquita o lejos, pero recuérdame siempre como aquél que solo quiso acompañarte a tu destino. Destino que te espera, si no estás con él ya, que puede ser. Sé feliz en este mundo infeliz, en este mundo de máscaras e hipocresía. Tanta hipocresía, que cuesta respirar sin dudar. Dudamos de todo y de todos, aunque todo se demuestra con el tiempo. El tiempo es oro, y hay tan poco tiempo para desperdiciarlo. Desperdiciar es no aprovechar lo que tenemos. Tenemos mucho, y no queremos. Queremos todo, y lo perdemos. Perdemos la vida intentando conseguir lo imposible, cuando lo posible está besando nuestras manos llenas de sangre. Sangramos odio, cuando podríamos sangrar amor. Amamos lo que nos odia, odiamos lo que nos aprecia y tenemos asegurado. Seguro no hay nada, es lo que tú me has demostrado. Me mostraste que todo puede pasar, mientras que yo, con mi escudo, te digo que todo ha pasado. Pasas de mi pesimismo, y lo intentas poner en modo inverso. En verso te agradezco yo lo que has hecho. Hago lo que puedo por hacerte caso, ya lo sabes. Sé que es difícil de explicar, pero mi miedo me quema el corazón. Coraza de hielo, que se derrite con tu calor como un copo de nieve en tus manos. Manos, que quiero llegar a sentir. Asiento tu crítica de que hoy no es mi día. Digamos, que mi día murió cuando te conocí. Antes, mi tiempo se medía en años. Ahora los mido en segundos. Los segundos que te tengo enfrente de mis ojos.
Los Ojos Ultrasensibles Relucen Demasiado Esperando Sonreírte. Tú fuiste la primera letra de mi abecedario. Un día, la palabra “amor” se cambiará por Lourdes. Muchos no querrán, porque no creen en el amor a contracorriente. Dicen que el amor es especial. No se han dado cuenta de que tú también lo eres. No, miento. Tú lo eres más. 

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