lunes, 9 de enero de 2017

El amor es ciego

 

Entre sábanas y una luz tenue de escritorio, se vislumbraba una niña pequeña mirando a su padre. Éste se encontraba sentado a un lado de la cama y tenía unas gafas que reflejaban su ceguera. Ella, a pesar de lo que le dijeran los demás niños, tenía un padre de esos que ya no quedan.

- ¿Sabes una cosa? Los sueños de los ciegos son más intensos porque nosotros no podemos ver la estrella fugaz, pero la sentimos en el alma. Y, a diferencia del resto, no necesitamos cerrar los ojos para imaginarnos como sería tener eso que tanto ansiamos, porque nos aparece en la mente a cada segundo.

- Así es como conociste a mamá, ¿no? - Dijo su hija con la inocencia disfrazada de sonrisa.- Seguro que era ella tu estrella fugaz.

- En efecto.- Le contestó con una mezcla de ternura y nostalgia.

Sonrió, y le mostró la mano a su hija para que pudiera acariciarle la cara. Ella, que ya sabía lo que hacer, se la acercó a su mejilla para que ambos pudieran notar el calor del otro. A medida que avanzaba por su rostro, se le escapaba un apretón de labios. Era su mecanismo de defensa para no derrumbarse delante de su niñita.

- Tienes la sonrisa de tu madre. -Le dijo con la voz entrecortada.

Ella sonrió como nunca antes, y miró al techo que le tapaba de la inmensidad del universo.

- ¿Has oído eso, mamá? Somos iguales.

Él escuchaba esas palabras una y otra vez en su cabeza. No sabía qué palabra le dolía más; o quizás, lo que le dolía es que no hubiera respuesta.

- Sois iguales, pequeña. Y serás todo lo que ella deseaba. Prométeme una cosa, ¿vale?

Ella le miró con extrañeza. "¿Por qué papá quiere jugar ahora? Estoy cansada." pensó, aunque ella sabía que había hueco para algún rato de diversión más.

- Prometido con los dos meñiques.- bromeó poniéndole los dos meñiques en la cara.

- Prométeme que cada vez que des un paso disfrutarás del camino. Te encanta bailar, ¿no? Pues vive bailando. Disfruta. Ríe. Canta. Salta. Vas a ir creciendo, y aprendiendo de todo lo que haces. Y yo, aunque no te pueda ver crecer, confío en mi princesa. Que ya tienes siete años, pronto serás una señorita.

Le empezó a hacer cosquillas en el cuello para escucharla reír.

- Pero, pase lo que pase, yo estaré a tu lado. Porque aunque tú te hagas mayor, y seas mamá algún día, yo seguiré siendo tu padre. Y tu madre aunque ya no esté, siempre lo será. Porque yo la veo a tu lado, aunque tú no la veas. Es un poder que tenemos los ciegos.

Ella le miraba como a un superhéroe; su superpapá. Él busco su cabeza entre tanto peluche, y le acarició nuevamente la mejilla antes de darle las buenas noches.

- Buenas noches, mi estrella polar. Eres el trocito de cielo, que la vida no me pudo arrebatar.




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