martes, 2 de agosto de 2016

Hasta que la muerte no se pare


Abro los ojos cómo si de un sueño se tratara. El ruido de los trenes se sigue escuchando con nitidez en las vías. Me levanto del suelo y la luz es lo único que me acompaña. Sin embargo, hay un ambiente diferente. Me froto los ojos y me doy palmaditas en la cara, aunque sigo igual de dormido que siempre. Algo me llama la atención. Algo me cautiva, como volver a escuchar mi canción favorita. ¿Qué hago aquí? Miro, escucho, toco, huelo y saboreo. Sonrío. Mis manos tenían un olor dulce y mis labios estaban perdidos. Mis oídos intentan recuperar el aire que había salido de tu boca, y mi mirada, al no encontrarte, sigue igual de rota. No me acuerdo de nada, pero mi cuerpo recuerda todo. Cuando miraba el reloj de arena todo se había convertido en polvo. Por eso busco en cada parte de mí, por si hubiera más pistas de ti. Porque cada pedacito de mi esencia parece echarte de menos. ¿Cómo te llamas? ¿Quién eres de hecho? Todavía no te conozco, pero tengo la sensación de que eres importante. Mi corazón está hecho trozos y tú viajas en primera clase. Así que haz el favor de bajarte de ese mundo y venirte al mío, porque te quiero encontrar al fin y ver donde muere el río.

No obstante, esto se ha convertido en un oasis de arena. Todo es un espejismo y me veo solo entre tanta pena. ¿Por qué me encadenaste y tiraste la llave al mar? ¿No ves que tengo tu veneno y me como hasta las letras? Ven, aunque es mejor que no vengas ya porque en el cielo está reinando la oscuridad. En el firmamento estoy viendo más de una estrella fugaz; aunque ahora que lo pienso, quizás eres tú, sin mí, que no paras de cruzar. Estás en todos los rincones, pero al darme la vuelta ya no estás. Me has vuelto loco. A lo mejor ya lo estaba. A lo mejor no eres nadie. A lo mejor eres todo y no te aclaras.

Sé que tú no estás pensando en mí. Sé que eso a ti no te va, aunque no sepa ni cuál es tu color de ojos. Pero lo sé. Como sé que sigues maldiciendo a mil sin tener que quitarte el pintalabios rojo. A ti te gusta jugar y jugaste con mi vida. A mí ya me has ganado, y si volvieras, me volvería a dejar. Pero no vuelves, porque repetir es para los que se conforman. No sabes que sigo esperándote aquí, en esta estación de tren donde no pasan ni las horas. En mitad de la nada.

Pasan los días y no apareces. Las paredes se cierran cada vez más y no lo evitas. Mi desesperación me devora y no vienes a socorrerme. ¿Crees que no sé lo que pretendes? Tiraste una granada en esta parte del mundo. Me dejaste vivir para que me desangrara buscando refugio. Pero ya no puedo más. Buscaste guerra portando la paloma de la paz y me hundo. Creía que eras felicidad. Creía que eras ilusión. Soy tan solo un iluso.

Solo quiero morir, porque esta herida no cicatriza. Es lo que tiene apuñalar el corazón, que no te da tiempo ni a ver al homicida. Así que, si al final vienes a verme, ciérrame los ojos.

Y esta vez no me despiertes.


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