domingo, 22 de junio de 2014

El Viento del destino. El amor. Nuestro camino.

Se trataba de un cuento diferente, en el que el autor consistía en un mero lector, y los leídos son los escritores realmente. El autor, con la tinta visible y alterable, había propuesto que la Princesa y el Príncipe estaban destinados a encontrarse. Pero el Siervo se enamoró de la Princesa, y un día, por casualidad, sus miradas se besaron en el aire. Cambió la historia de repente. Había aparecido el verdadero amor, el que rompe las barreras de la mente. El que entra en la sangre sin darte cuenta y llega hasta el corazón. La anestesia de Cupido. El destino perdido, y encontrado en una mirada, en una noche estrellada, en una sonrisa, en un beso de la Afrodita enamorada.
El Príncipe, llegó más tarde, con su espada y su robusto caballo. Destacaba por su belleza y su prepotente desparpajo. Quería (no amaba) a la Princesa porque había oído hablar de ella, y sabía que su fama aumentaría con ella de su mano. Pero la Princesa ya había escogido, y el Príncipe se negaba a aceptarlo. El Siervo y la Princesa, habían construido su propio cuento. Los protagonistas eran ellos, y el Príncipe, era tan solo un personaje secundario. Entonces el Príncipe se transformó en el "Ladrón de corazones". Secuestró a la Princesa y la llevó al castillo de los Dragones. La Princesa lloraba por las noches, a pesar de los besos del Príncipe sin reproches. Pero solo besaba a su cuerpo desnudo, ya que su corazón solo había sido besado por uno: el flechazo del Siervo, en ese tornado de besos nocturno. El autor, había estado en lo cierto, y suspira con esmero, "es un cuento de ficción" decía, pero él no llegaba a entenderlo. El amor que se había formado en ese bosque de tinta, tenía vida propia. Era un fuego encendido sin mecha, un helecho en el desierto, un papel que pinta de negro un maravilloso día de estrellas. El Siervo, luchó con los Dragones y con el "Ladrón de Sonrisas de Amores", pero murió en la batalla contra el Príncipe arrogante. Ya dije, que este cuento era cuanto menos extravagante. Sin embargo, cuando el Príncipe se disponía a subir las escaleras, triunfante, Cupido le clavó una estaca en la espalda, que no llegó hasta el corazón. Esa era su intención, matarlo, pero no de amor, ya que él había sido asesino de un anterior flechazo divino. La Princesa, a pesar de todo, no lloró por su amado, porque sabía que los finales tristes tan solo eran finales felices enmascarados. Estaba en lo cierto, ya que el Siervo se reencarnó en el Viento. Ese Viento que besaba sus mejillas cuando se levantaba y se acostaba, y que secaba sus lágrimas cuando caían desesperadas. Dicen que las palabras se las lleva el Viento. En realidad, es la princesa conversando con su amor verdadero.


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