sábado, 26 de julio de 2014

Tiempo muerto.



Abro los ojos y ahí estás. No te has marchado todavía.

Te miro de reojo, como de costumbre, por si acaso eres un espejismo. Y sonrío. Sonrío tonterías.

Y esa sonrisa que me produces cuando te veo dormir a mi lado se ha convertido en una parte de mi vida. La otra parte eres tú, en la cornisa. Con risa. Tú sonrisa enmarcada en la ventana. 

Tus labios juegan conmigo, como las orcas con las focas. Como si fuera una pelota. Reboto, como rebota tu mirada en las paredes de mi casa. 

Me acerco a tu cara, y te suelto un beso indefenso en la mejilla. No quiero despertarte de tu vida en sueños. Sonríes, como lo harías ahí dentro. Sonríes, sin saber que estás durmiendo.

Quizás se me escape el primer “Te quiero” del día.

Se me escapa, para pillarte. La policía es un desastre. Nuestras esposas son eternas. Invisibles. Indivisibles. Inseparables.

Son caricias en tu espalda. Latigazos silenciosos. Son súplicas del viento, que haría lo que fuera por salir de tu boca. Peinado por tu lengua. Silbado por tus labios barnizados.

Y se me escapa, para que no te marches de mis gritos asustados. De mis días a tu lado. Aunque me dijiste que te irías. Pronto, o quizás, ya te has marchado, y mi mente se niega. Te crea. Apereces en la historia, aunque fueras telonera.

Tacho los días que faltan para verte, en la silueta que dejaste en mi cama. Como tachaba las heridas de nuestras batallas. Peleando juntos, otras frente a frente. Ahora peleo con mi cuerpo, por dejar que te marcharas.

Algunos decían que tu boca era un sitio para perderse. Yo me sé cada uno de sus rincones escondidos. Hice pactos de sangre con todas las partes de tu cuerpo. Desde tus pies hasta el cielo. Saboreando cada instante. Besando lo desconocido.

Pero más que perderme en ti, encontré mi vida en tus comisuras. Con mesura. Sin perder el tiempo.

Tiempo que envidiamos por volar, a pesar de ser tan pesado. Tiempo que enseña, sin haber sido enseñado, tan solo en(tren)ado. Tiempo que sabe mostrar el camino a los desamparados.

Pero no sabe todo.

Y es que esperamos que el tiempo escriba el final de esta historia de amor, pero las agujas del reloj no llevan tinta en su punta. Por eso, la tinta la ponemos nosotros. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario