miércoles, 30 de septiembre de 2015

Historia de un amor empedernido



Desde el primer día en que te vi, supe que seríamos más que amigos. Desde nuestro primer roce, desde ese contacto de miradas, entendí que la eternidad a tu lado sería como un verso inacabado.
Pluma en mano, manché el papel de sueños que algún día se contarían. Ese era mi objetivo; que esta parte de mí, que arranco en cada palabra, no sea papel mojado. Acompáñame en este viaje hacia el lugar donde nacen las historias. Ésta, que nunca quiso ser contada, es la mía.
Un chico corriente, de unos 8 años de edad, y más inocente que insensato, siente esa alegría al saber que ya no va a tener que viajar más de 8 horas para ver a su familia. Badajoz le espera, y él no quiere hacerse esperar. Algo especial aguardaba, y él lo sabía. Amigos nuevos, historias nuevas, acentos nuevos, vida nueva. "¿Alguien querrá escuchar mi historia?", se preguntaba, pero nadie le respondía. Sólo un diario le hacía compañía, al igual que una luz tenue con una vieja melodía.
Dos amigos le hacen sentir que no ha sido un error, que en Badajoz hay hueco para uno más como yo. Ese hueco era para mí; tenía mi nombre, aunque tuviera miedo de firmarlo en sí. Sin embargo, quise dejarme llevar, y me llevó la dejadez. Eso que tanto ansié conseguir, se difuminó en el papel. Mi voz se desvaneció como un mensaje en la orilla al subir la marea, y me ahogué al querer respirar libertad en un mar que uno mismo crea.
Volver a empezar. Volver a caer. No hay esperanza para los que no sueñan, y yo no conseguía anestesiarme cada vez que me miraba a la cara. Miraba para otro lado, intentando que ese rostro se marchara. Día a día, evitaba el cruce de palabras con mi reflejo, siendo que él era mi único pasatiempo. Él se sentía igual de solo que yo. Era sólo eso en lo que nos parecíamos. O eso creía.
Más viejo, pero igual de estúpido, seguía pensando que el futuro limpiaría el espejo, pudiéndome enfrentar al que decía ser mi ego. Fuego, hielo, tormenta de arena,... no se podía comparar con lo que tenía dentro. Un sinfín de sensaciones, pero nada bueno. Cada día era un padrenuestro constante. Cada día era igual, como encerrado en un bucle del que no pudiera salir. No había nada nuevo, y toda monotonía se mezclaba con el estudio. Cuatro años entre risas que camuflaban mi tristeza por no saber mi sitio en esta Tierra. Una montaña rusa, una sinfonía en mi cabeza que se moría por sonar en los oídos de aquélla. O más bien de ella, la chica de la sonrisa fría. Que más daría. Yo me dibujaba como un viajero, sin saber a dónde iría, y sin ninguna compañía. Un cruce de miradas era un flechazo, un flechazo que en nada desembocaría.
"God bless America", y él me dio alas de ángel, despedazándomelas a medio camino. Siempre quise querer, pero nunca creí creer. Y un beso cambió el rumbo, señalándome el norte. Pero navegué hacia el Sur dando la vuelta a la Tierra. Muchos roces, esta vez con labios de por medio.
Muchos corazones rotos, que en nada se reconstruían como vidas de un videojuego. Tierras extremeñas, gallegas, madrileñas y algún que otro desacierto. No encontraba mi lugar. No daba con la mina de diamantes, pero el día antes de darme por vencido, se cerró el capítulo que daría el vuelco a mi vida.
Agosto se contagiaba del rojo de sus labios. Aunque, esa noche, todo se confundía con el negro de sus ojos. Un baile, un monólogo entre canciones que no me gustaban, pero que ella moría por bailarlas con alguien especial que le llevara a la Luna, sin necesidad de trasbordador. Cuchicheaba sobre mí con su mejor amiga, pero nada me importaba. Ese día yo quería sentirme libre, sin preocupaciones, al igual que ella. Quizás, eso nos ató como las correas de dos perros que quieren bailar entre nuestros talones. No sabía qué le llamaba la atención de mí, por eso quería estudiarme como un tema del siglo XVIII, con todo detalle. Yo accedí a verla otra vez, y  apreciar esa mirada y esa carilla que tanto me había encantado.
Jugábamos a que no nos gustábamos. Pero nos gustaba sonreírnos. La miraba mientras ella le contestaba, y me observaba mientras yo la acariciaba. Estábamos en los sitios equivocados. Bailábamos con desconocidos, mientras nos mirábamos impacientes, buscando nuestro turno para estar de la mano. Yo me solté primero de mi pareja, intentando percibir su esencia en la pista de baile. Y ahí estaba en el centro, con un aire de princesilla iluminada con un foco, y mostrándome una de las sonrisas más bonitas de mi vida. A pesar de las mentiras de las cartas, a pesar de los golpes en la cara, a pesar de un interminable número de circunstancias, el destino enlazó nuestras almas. Aunque la cagara el primer día que reuní el valor de hablarle, aunque Reus no viniera al Atleti esa temporada, me moría por volver a tenerla a mi vera sin esperar a que nevara.
Nuestro gusto por la poesía fue la excusa de nuestras charlas, y de nuestras risas por la mañana. No quería perderme, y yo me perdía al quererla, y al sentir que poco a poco, letra a letra, volvía a enamorarme. ¿Volvía? Más bien, me enamoraba por primera vez. Las anteriores flechas estaban en el escudo, pero ésta había entrado sin ser consciente. Amor sólo hay uno, si no, no fue amor. Y eso mismo es lo que pasó. Ella fue sólo lo que pasó. Sus parejas de bailes anteriores se celaban al vernos tan sincronizados, y al final desistieron. Y es que vieron como nos mirábamos mientras flotábamos con las corcheas de la orquesta. Una clave de luna, y un clavel de una floristería nos definían, conceptos que otros no daban importancia, pero que a ella le encantaba. Cantaba a medida que la canción avanzaba, notando su respiración y su aliento en mis mejillas, lo que me hacía imposible resistirme a besarla. Pero la canción no terminaba, y yo quise acompañarla cantando de forma desentonada "y ver en tu rostro mi mirada", sintiendo mis ganas de respirar tus latidos. Dos corazones unidos. Dos amores sentidos.
Suavemente, la melodía se calmaba, y poco a poco nuestras ansias aumentaban. Habían caído ya los primeros copos, y pocos lo notaban. Pero nosotros estábamos al tanto, porque eso significaba que en nada podríamos besarnos. Aun así, justo antes del último golpe de piano, se apagaron las luces. Aproveché entonces para soltarme de sus manos y ponérselas en sus maravillosos ojos, mientras le decía "¿Quién soy?". Ella, confundida, creía que era un juego de magia, y sí, su amado había salido de la chistera, y estaba delante de su rostro. La música había parado, ya podían soñar sin tener que imaginar por separado. Una noche para soñar, una noche que ni el frío invierno podría congelar. Ardíamos, y poco a poco, la vergüenza se transformó en lujuria. Tantas ganas, que ni siquiera el tiempo podría parar. Furia contenida que se transformaba en el amor apasionado de Shakespeare. Un amor, que pocas personas han podido sentir. Una semana que cayó a cinco centímetros por segundo, como su ropa interior, cuando se la quitaba mi corazón desnudo. Ya me quitaron los ropajes antes, pero no de esa manera. Mi corazón sólo hizo el amor, con esa flor de primavera. Notar, que el amor de tu vida está desnuda a milímetros de tu piel. Poder acariciar el amor es cosa de unos pocos afortunados. Entre los que yo, humildemente, destaco. Sentimos todo. Sentimos hasta la despedida. Pocos días habían sido para tantas acciones contenidas. Una dulce melodía el día antes, nos impregnaba de dolor y de esperanza, a medida que esas perlas descendían por nuestras mejillas sin dejar marca. Un viaje nunca se hizo tan largo, como la vez en que me alejé de ella por primera vez. No podía hablar ni podía articular palabra, como si las palabras se hubieran quedado allí, en esa cama, en ese coche, donde se podía definir el amor con tan sólo el silencio de sus labios.
Tocaba esperar, y la espera tocó fondo. Los exámenes se entrelazaban con depresiones. La distancia nos mataba, pero el skype nos daba vida. Esperar dos meses, era peor que una eternidad en el infierno, pero el saber que allí estaba, esperándote, es mejor que un segundo en el cielo. Es mejor que cualquier ángel. El viento me traía sus palabras, y la luna me reflejaba su brillo. La noche, no es que me recordara a ella, es que tenía su nombre. Mi cama estaba vacía sin ella, y mis sueños buscaban un solo recuerdo, para volver a repetir todo lo que vivieron. Esperaban que en Semana Santa, tuvieran todo, y vaya si lo tuvieron. Esa vez, nos pulverizamos el uno al otro. Éramos una simbiosis, éramos uno. Sabíamos todos nuestros movimientos, como un perfecto reloj sincronizado. Ese reloj que nos odiaba, porque avanzaba sin descanso cada vez que allí estaba, y se paraba, cada vez que me marchaba. Pero prometí, que en verano pararíamos el tiempo.
Si tuviera que decir mi última palabra, sería que te amo. Tantos "te quiero" desperdiciados anteriormente, y ahora ya no sé qué decirle para demostrarle lo que es ser amado. Este verano, fue el mejor verano del mundo. Con ella estaba a cada segundo. Con ella estaba hasta cuando no estaba. Con ella soñaba sabiendo que estaba a menos de una ráfaga de luz. Millones de gestos en la cama, millones de caras, de gemidos pasionales y de sentidos zarandeos. Litro y litros de agua que caían por su pecho desnudo, mientras le miraba y le sonreía. Le frotaba entera, y jugábamos en el vapor de la bañera. Dormía a mi vera. ¿Es esto algo divino? Porque una diosa se ha caído del Olimpo, y quiere quedarse conmigo. El mejor verano, repito. No podía tener más, pero queremos más. Es esto lo que me encanta de nosotros. Que hemos tenido todo, que hemos sentido todo, pero somos inconformistas. Nos amamos, a manos de Cupido.
Pero el verano se ha acabado, y hasta las estrellas le echan de menos. Parpadean, porque lloran conmigo. Ellas saben perfectamente lo que es la distancia, y nos comprenden. Pero algún día nosotros seremos estrellas. Por ahora, solo quiero que se venga, a esto que llaman cama, y que yo llamo vida.
Ven, y tengamos todo de nuevo. Ven, y enamórate de nuevo Beatriz. Ven, y hazme tuyo. Ven, y haz que resucite de este sueño.
Pero sobre todo quédate. Porque queda mucha vida si tú estás conmigo, pero me falta el aire si te vas. Esto que llaman alma, es lo que un hombre tiene cuando encuentra a su amada. Y yo te encontré tirada. Y yo te enseñé que el amor, no es cosa de princesas.
O quizás sí, porque eso es lo que eres.
Mi princesa.
Te amo.