Desde el primer día en que te vi, supe que seríamos más que
amigos. Desde nuestro primer roce, desde ese contacto de miradas, entendí que
la eternidad a tu lado sería como un verso inacabado.
Pluma en mano, manché el papel de sueños que algún día se
contarían. Ese era mi objetivo; que esta parte de mí, que arranco en cada
palabra, no sea papel mojado. Acompáñame en este viaje hacia el lugar donde
nacen las historias. Ésta, que nunca quiso ser contada, es la mía.
Un chico corriente, de unos 8 años de edad, y más inocente
que insensato, siente esa alegría al saber que ya no va a tener que viajar más
de 8 horas para ver a su familia. Badajoz le espera, y él no quiere hacerse
esperar. Algo especial aguardaba, y él lo sabía. Amigos nuevos, historias
nuevas, acentos nuevos, vida nueva. "¿Alguien querrá escuchar mi
historia?", se preguntaba, pero nadie le respondía. Sólo un diario le
hacía compañía, al igual que una luz tenue con una vieja melodía.
Dos amigos le hacen sentir que no ha sido un error, que en
Badajoz hay hueco para uno más como yo. Ese hueco era para mí; tenía mi nombre,
aunque tuviera miedo de firmarlo en sí. Sin embargo, quise dejarme llevar, y me
llevó la dejadez. Eso que tanto ansié conseguir, se difuminó en el papel. Mi
voz se desvaneció como un mensaje en la orilla al subir la marea, y me ahogué
al querer respirar libertad en un mar que uno mismo crea.
Volver a empezar. Volver a caer. No hay esperanza para los
que no sueñan, y yo no conseguía anestesiarme cada vez que me miraba a la cara.
Miraba para otro lado, intentando que ese rostro se marchara. Día a día,
evitaba el cruce de palabras con mi reflejo, siendo que él era mi único
pasatiempo. Él se sentía igual de solo que yo. Era sólo eso en lo que nos
parecíamos. O eso creía.
Más viejo, pero igual de estúpido, seguía pensando que el
futuro limpiaría el espejo, pudiéndome enfrentar al que decía ser mi ego.
Fuego, hielo, tormenta de arena,... no se podía comparar con lo que tenía
dentro. Un sinfín de sensaciones, pero nada bueno. Cada día era un padrenuestro
constante. Cada día era igual, como encerrado en un bucle del que no pudiera
salir. No había nada nuevo, y toda monotonía se mezclaba con el estudio. Cuatro
años entre risas que camuflaban mi tristeza por no saber mi sitio en esta
Tierra. Una montaña rusa, una sinfonía en mi cabeza que se moría por sonar en
los oídos de aquélla. O más bien de ella, la chica de la sonrisa fría. Que más
daría. Yo me dibujaba como un viajero, sin saber a dónde iría, y sin ninguna
compañía. Un cruce de miradas era un flechazo, un flechazo que en nada
desembocaría.
"God bless America", y él me dio alas de ángel,
despedazándomelas a medio camino. Siempre quise querer, pero nunca creí creer.
Y un beso cambió el rumbo, señalándome el norte. Pero navegué hacia el Sur
dando la vuelta a la Tierra. Muchos roces, esta vez con labios de por medio.
Muchos corazones rotos, que en nada se reconstruían como
vidas de un videojuego. Tierras extremeñas, gallegas, madrileñas y algún que
otro desacierto. No encontraba mi lugar. No daba con la mina de diamantes, pero
el día antes de darme por vencido, se cerró el capítulo que daría el vuelco a
mi vida.
Agosto se contagiaba del rojo de sus labios. Aunque, esa
noche, todo se confundía con el negro de sus ojos. Un baile, un monólogo entre
canciones que no me gustaban, pero que ella moría por bailarlas con alguien
especial que le llevara a la Luna, sin necesidad de trasbordador. Cuchicheaba
sobre mí con su mejor amiga, pero nada me importaba. Ese día yo quería sentirme
libre, sin preocupaciones, al igual que ella. Quizás, eso nos ató como las
correas de dos perros que quieren bailar entre nuestros talones. No sabía qué
le llamaba la atención de mí, por eso quería estudiarme como un tema del siglo
XVIII, con todo detalle. Yo accedí a verla otra vez, y apreciar esa mirada y esa carilla que tanto
me había encantado.
Jugábamos a que no nos gustábamos. Pero nos gustaba
sonreírnos. La miraba mientras ella le contestaba, y me observaba mientras yo
la acariciaba. Estábamos en los sitios equivocados. Bailábamos con
desconocidos, mientras nos mirábamos impacientes, buscando nuestro turno para
estar de la mano. Yo me solté primero de mi pareja, intentando percibir su
esencia en la pista de baile. Y ahí estaba en el centro, con un aire de
princesilla iluminada con un foco, y mostrándome una de las sonrisas más
bonitas de mi vida. A pesar de las mentiras de las cartas, a pesar de los
golpes en la cara, a pesar de un interminable número de circunstancias, el
destino enlazó nuestras almas. Aunque la cagara el primer día que reuní el
valor de hablarle, aunque Reus no viniera al Atleti esa temporada, me moría por
volver a tenerla a mi vera sin esperar a que nevara.
Nuestro gusto por la poesía fue la excusa de nuestras
charlas, y de nuestras risas por la mañana. No quería perderme, y yo me perdía
al quererla, y al sentir que poco a poco, letra a letra, volvía a enamorarme.
¿Volvía? Más bien, me enamoraba por primera vez. Las anteriores flechas estaban
en el escudo, pero ésta había entrado sin ser consciente. Amor sólo hay uno, si
no, no fue amor. Y eso mismo es lo que pasó. Ella fue sólo lo que pasó. Sus
parejas de bailes anteriores se celaban al vernos tan sincronizados, y al final
desistieron. Y es que vieron como nos mirábamos mientras flotábamos con las
corcheas de la orquesta. Una clave de luna, y un clavel de una floristería nos definían,
conceptos que otros no daban importancia, pero que a ella le encantaba. Cantaba
a medida que la canción avanzaba, notando su respiración y su aliento en mis
mejillas, lo que me hacía imposible resistirme a besarla. Pero la canción no
terminaba, y yo quise acompañarla cantando de forma desentonada "y ver en
tu rostro mi mirada", sintiendo mis ganas de respirar tus latidos. Dos
corazones unidos. Dos amores sentidos.
Suavemente, la melodía se calmaba, y poco a poco nuestras
ansias aumentaban. Habían caído ya los primeros copos, y pocos lo notaban. Pero
nosotros estábamos al tanto, porque eso significaba que en nada podríamos
besarnos. Aun así, justo antes del último golpe de piano, se apagaron las
luces. Aproveché entonces para soltarme de sus manos y ponérselas en sus
maravillosos ojos, mientras le decía "¿Quién soy?". Ella, confundida,
creía que era un juego de magia, y sí, su amado había salido de la chistera, y
estaba delante de su rostro. La música había parado, ya podían soñar sin tener
que imaginar por separado. Una noche para soñar, una noche que ni el frío
invierno podría congelar. Ardíamos, y poco a poco, la vergüenza se transformó
en lujuria. Tantas ganas, que ni siquiera el tiempo podría parar. Furia
contenida que se transformaba en el amor apasionado de Shakespeare. Un amor,
que pocas personas han podido sentir. Una semana que cayó a cinco centímetros
por segundo, como su ropa interior, cuando se la quitaba mi corazón desnudo. Ya
me quitaron los ropajes antes, pero no de esa manera. Mi corazón sólo hizo el
amor, con esa flor de primavera. Notar, que el amor de tu vida está desnuda a
milímetros de tu piel. Poder acariciar el amor es cosa de unos pocos
afortunados. Entre los que yo, humildemente, destaco. Sentimos todo. Sentimos
hasta la despedida. Pocos días habían sido para tantas acciones contenidas. Una
dulce melodía el día antes, nos impregnaba de dolor y de esperanza, a medida
que esas perlas descendían por nuestras mejillas sin dejar marca. Un viaje
nunca se hizo tan largo, como la vez en que me alejé de ella por primera vez.
No podía hablar ni podía articular palabra, como si las palabras se hubieran
quedado allí, en esa cama, en ese coche, donde se podía definir el amor con tan
sólo el silencio de sus labios.
Tocaba esperar, y la espera tocó fondo. Los exámenes se
entrelazaban con depresiones. La distancia nos mataba, pero el skype nos daba
vida. Esperar dos meses, era peor que una eternidad en el infierno, pero el
saber que allí estaba, esperándote, es mejor que un segundo en el cielo. Es
mejor que cualquier ángel. El viento me traía sus palabras, y la luna me
reflejaba su brillo. La noche, no es que me recordara a ella, es que tenía su nombre.
Mi cama estaba vacía sin ella, y mis sueños buscaban un solo recuerdo, para
volver a repetir todo lo que vivieron. Esperaban que en Semana Santa, tuvieran
todo, y vaya si lo tuvieron. Esa vez, nos pulverizamos el uno al otro. Éramos
una simbiosis, éramos uno. Sabíamos todos nuestros movimientos, como un
perfecto reloj sincronizado. Ese reloj que nos odiaba, porque avanzaba sin
descanso cada vez que allí estaba, y se paraba, cada vez que me marchaba. Pero
prometí, que en verano pararíamos el tiempo.
Si tuviera que decir mi última palabra, sería que te amo.
Tantos "te quiero" desperdiciados anteriormente, y ahora ya no sé qué
decirle para demostrarle lo que es ser amado. Este verano, fue el mejor verano
del mundo. Con ella estaba a cada segundo. Con ella estaba hasta cuando no
estaba. Con ella soñaba sabiendo que estaba a menos de una ráfaga de luz.
Millones de gestos en la cama, millones de caras, de gemidos pasionales y de
sentidos zarandeos. Litro y litros de agua que caían por su pecho desnudo,
mientras le miraba y le sonreía. Le frotaba entera, y jugábamos en el vapor de
la bañera. Dormía a mi vera. ¿Es esto algo divino? Porque una diosa se ha caído
del Olimpo, y quiere quedarse conmigo. El mejor verano, repito. No podía tener
más, pero queremos más. Es esto lo que me encanta de nosotros. Que hemos tenido
todo, que hemos sentido todo, pero somos inconformistas. Nos amamos, a manos de
Cupido.
Pero el verano se ha acabado, y hasta las estrellas le echan
de menos. Parpadean, porque lloran conmigo. Ellas saben perfectamente lo que es
la distancia, y nos comprenden. Pero algún día nosotros seremos estrellas. Por
ahora, solo quiero que se venga, a esto que llaman cama, y que yo llamo vida.
Ven, y tengamos todo de nuevo. Ven, y enamórate de nuevo
Beatriz. Ven, y hazme tuyo. Ven, y haz que resucite de este sueño.
Pero sobre todo quédate. Porque queda mucha vida si tú estás
conmigo, pero me falta el aire si te vas. Esto que llaman alma, es lo que un
hombre tiene cuando encuentra a su amada. Y yo te encontré tirada. Y yo te
enseñé que el amor, no es cosa de princesas.
O quizás sí, porque eso es lo que eres.
Mi princesa.
Te amo.
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