El Sol en el cielo me cegaba. Era un viernes por la tarde. El frescor de la hierba nos mantenía tumbados. Tú estabas a mi lado, y no dejaba de mirarte, intentando disimular. Tú sonreías, disimulando también, para que no me diera cuenta del lazo que unía nuestros ojos. Pero es inevitable, y fue inevitable, desde el primer momento que tus ojos marcaron mi alma. Desde el momento en el que, siendo dos desconocidos, nos convertimos en miradas, en suspiros, en latidos. Se paró el tiempo, se acortó el espacio, para que ni el aire a nuestro alrededor, impidiera que nuestras almas llegaran a juntarse. Mirándote de reojo lo recuerdo, y decidido, hago que las letras que componen tu precioso nombre lleguen a tu oído. Sol poniente, tú me miras, yo te miro, mirándonos por primera vez en toda la tarde, tú solo en mí, y yo solo en ti, y entonces te lo cuento. Te cuento como noté mi corazón cuando te avisté entre tanta gente. Te cuento como intentó comunicarse conmigo, y me dijo que tú eras lo que estuvo buscando desde que empezó a funcionar. Te cuento como mi alma dejo de ser mía, para ser solo tuya. Entonces tú hiciste lo que siempre quise decirte, pero mis labios nunca llegaron a pronunciar. Noté el calor de tus manos, como si tu piel intentara perderse en las líneas de mi mano. Tus dedos querían leerme el futuro, pero aún no siendo vidente, tú y yo sabíamos, que ese futuro era común. Ese futuro, era feliz. Yo, que todavía seguía asimilando el primer contacto con tu mano, te la llevé a mi pecho. Notaste el latido de mi corazón, y te dije que ahora ya no era mío, era nuestro. Tú no articulaste palabra, tan solo miraste nuestras manos, miraste mis ojos como nunca los habías mirado, y me sonreíste. Sonreíste, como nunca me habías sonreído. Noté como si el cielo hubiera oscurecido, porque ni el Sol, ni el rocío de la hierba, brillaba mas que tú en ese momento. Te noté más cerca, cada vez más, hasta que mis labios notaron los tuyos, tan delicados como un diente de león. Tus labios dulces, tan dulces... Ahí se paró el tiempo, como si el fin del mundo hubiera llegado. Pero si hay un final, hay un comienzo. Y ese comienzo era contigo ahora, en un mundo nuevo, en nuestro mundo. Fue un beso de contacto, fue largo, pero para mí fue corto. Despegaste tus labios de los míos, que se negaban a verles marchar. Volviste a sonreírme, y apretaste tus labios, para que no volvieran al lugar que pertenecían desde segundos antes. Entonces tus (ya nuestros) labios, murmuraron una palabra: DESTINO. Entonces sonreí yo. Me acerque a tu oído, y como si del mismo sonido ambiente se tratara, te dije suavemente que me negaba a aceptar eso. Porque aceptar el destino, significa que alguien quiso que nos mirásemos. Pero ese día, los únicos que quisimos mirarnos fuimos nosotros. No fue el destino quien nos giró las cabezas en la dirección de los ojos del otro. Fueron nuestras almas, que ya se conocían de antes, las que nos hicieron encontrarnos entre un haz de miradas, agobios y risas. El destino lo marcamos nosotros. Y yo escribo en mi alma tu nombre, para que, si un día nuestros cuerpos se separan, mi yo interno sepa encontrarte. Aunque tampoco haría falta, porque mi vida, tu eres única. Sabría donde te escondes, incluso al borde del infinito. Mientras te decía esto, tus ojos brillaban y tintineaban, diciéndome que me callara, que ahora ibas a hablar tú. Y fue lo mejor que me pudiste decir desde que nací. Me dijiste que me quedara contigo. Y otra vez volví a sentir tus labios sobre los míos, y tu mano fría (ahora sí) sobre mi mejilla. Otra vez, el tiempo se me hizo corto, y tuve la sensación de que estaba oscureciendo, o quizás estuviera amaneciendo. Cuando volví a abrir los ojos, cuando noté que ya debía abrirlos, ya no te encontrabas frente a mí. Mi mano estaba fría, y mi mejilla caliente. La hierba se había convertido en tela, y el Sol se había convertido en luces que jugueteaban entre los huecos de la persiana. El olor a campo desapareció, y se sustituyó por el de pan tostado. El sonido de los pájaros, era ahora, el sonido de mi hermana diciéndole a mi madre que quería leche sola. Volví a cerrar los ojos, deseando verte por última vez. Mi cabeza se negó a recordar, ante las súplicas del corazón. Pero mis labios seguían notando, los tuyos. Te marchaste. Y desde entonces, te busco. Tus ojos, tus labios y tus manos, se preguntarán: "¿Pero tu alma no me encontraría, estuviera donde estuviese?". Es cierto, pero te recuerdo que mi alma dejó de ser mía, para ser tuya. Y el alma, mi alma, te la llevaste contigo, haciendo que mi cuerpo sea el que te busque. Te busca a ciegas, día a día, hasta que te encuentre, un día. Y será ese día, cuando te diga las palabras que el Sol no me dejaron pronunciar, y que moriría por decírtelas: Te Quiero.

No hay comentarios:
Publicar un comentario