domingo, 13 de abril de 2014

Como te conocí

Cielo de oro. Corazón de plata. Todavía sigo mirando al Sol en tus ojos de escarlata. Y cuánto más los miro, más se enamora mi alma. Ese alma que recuerda cómo conoció a su dama. Cómo en un instante de nada, me convertí en tu caballito de mar salada. Y lo recuerda como si de ayer se tratara, como si no cayera más arena en este juego de magia.
Era un día gris, con toques amarillos del alba. Tú sonreías, tus labios sonreían a distancia. Tu belleza, tu mirada, y tu elegancia, esas cosas que pocas personas te igualan. La suerte se me ponía de cara, cuanto vi que tus ojos me miraban. Estábamos sentados. Era la hora de comernos a miradas. Con un tenedor y un cuchillo cortabas el fino hilo que nos conectaba. Cuando notaste mis ojos (cuando notaste de pasada, que un chico te observaba) me regalaste una sonrisa que se encuentra en mi corazón sellada.
Cuando quise digerir esa fotografía soñada, cuando creía que mi vida se acortaba, te encontré de repente sentada en esa butaca de piel gastada. Venías conmigo a observar las diversas formas del magma. Mis ojos te miraban, pero mi boca continuaba cerrada. Se limitaba a estirarse, cuando tu perfume se notaba. Y es que sobraban las palabras. Tú supiste que en ti algo buscaba. No supiste que eras la razón de mi alma enamorada.
Después de esa experiencia abstracta, de esa lotería ganada, decidiste conocerme, ayudar a aquel chico que te miraba, que te soñaba, que te amaba. Y es que ese año era el último en el que te vería con la bandeja plateada. Ese año te marchabas, pero sin antes despedirte, diciendo que volverías alguna que otra semana. Y vaya que si cumpliste tu promesa pasada.
Tus visitas no solo alegraban a miles de personas cansadas. También al que esta escribiendo esto con la luz de la pantalla. Le hacías cambiar, alejarse de la vida cotidiana, y solo pensar en ti, como un cisne que entona su melodía desesperada, pero que es lo que le hace seguir flotando, vagando en la noche estrellada.
Y es que no hay mañana que me levante sin pensarte, sin el presente de mirarte, con el pasado y el futuro distantes, solo queriendo vivir cada instante de mi vida con tu sonrisa delante. Viviendo la vida como si no hubiera otro momento después de la muerte, de la que llevo huyendo. Yo seguiré escribiendo mientras el cielo nocturno sea negro. Yo te seguiré queriendo, hasta que estas manos se conviertan en polvo eterno. Y viviremos viajando por el mundo juntos, cómo cuando quisimos conocernos por dentro. Un nudo enredado, el nudo de la amistad sin fin concreto, infinito en el tiempo...

No hay comentarios:

Publicar un comentario