sábado, 19 de abril de 2014

Enamorarse...

Enamorarse. ¿Qué hay de malo en eso? ¿Qué hay de malo en querer hacer feliz a una persona, en querer verla sonreír pase lo que pase, en querer secar esas lágrimas llenas de engaño y desamor? Pues sí (podemos pensar), ya que toda moneda tiene una cara y una cruz. Todo se basa, en ser correspondido o no serlo. Pero no nos engañemos, ser correspondido es muy difícil, y necesitas tener suerte, o más bien, dejar al azar que haga su parte. Pero lo cierto es, que no es necesario serlo, para ser feliz. Os lo digo sinceramente, porque cuando me enamoraré, y buscaba un boleto ganador entre tantas hojas otoñales, me di cuenta de que mi moneda (nuestra moneda) era de dos caras. Tú pintaste tu cara en el reverso. La tiraba al aire, y solo salías tú. Tú, en mi moneda, sonreías, porque solo te tenía a ti, y yo también sonreía, porque eso significaba que ya no había cruz, que mis lamentos se habían callado con tu mirada silenciosa. Te llevaba a todas partes, eras mi moneda intransferible. Un día, mientras caminaba en mitad del bosque, en uno de esos destellos, cuando bailabas en el aire, percibí una figura borrosa en el camino. Esa mirada no engañaba, y esa sonrisa fascinante te delataba. Eras tú, en persona, que quisiste hacer del azar un mero juego. Me quitaste la moneda, cerraste los ojos, y la tiraste al riachuelo en el que chapoteaban los helechos y demás seres que desean sentir el agua de la vida. Yo me quedé sorprendido, pero tus ojos me hacían perderme en el camino, por lo que, hipnotizado, no te llegué a gritar. Pero te pregunté, y te mencioné con la voz más delicada que pude, por si fueras un sueño del que nunca querría despertar. Te pregunté por qué me quitaste de mis manos lo que más había querido. Tu voz, que se mezclaba con la de la naturaleza, tan bella y tan pura, me dijo que ya no la necesitaría. Y es cierto, ya no existía azar alguno. Solo estabas tú en mi vida. Pero la verdad es que muchas veces nos aferramos al azar, a la suerte, y rezamos para que seamos el amor de nuestro amor. No nos damos cuenta de lo que pasa en realidad: ya no hace falta tirar la moneda, porque ya fuimos correspondidos. Esa sonrisa que te origina ver su sonrisa, y ese abrazo que le darías el día de su boda con su chico. Ahí ya se ve, que tu "cara" y tu "cruz", no son más que reflejos de tu chica/o. Solo puedes salir tú en mi moneda. Y solo saldrás tú. Cada uno tiene su moneda. Y es que hay tantas, y cambian tanto de manos, que es difícil encontrar mi moneda en tu bolsillo. Pero, aquí me verás enseñando la mía con tu cara, hasta que el oro se convierta en plata. Qué bonito es el amor y qué difícil parece encontrarlo, ¿no? Pero dale la vuelta al amor: ROMA. Todos los caminos llevan a Roma. Todos los caminos llevan al amor. Te encontraré, pase lo que pase. Y que decir más, que no te haya dicho antes. Que te quiero, aunque parezca que me muero.


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